Ten cuidado, amigo

TenCuidadoAmigo

Miércoles, 7 de Junio de 1961

Esperaba una llamada en breve para tratar el tema de “El Cartero”, pero lo que no esperaba era encontrarme esta mañana a Erich en mi despacho. Uno lleva ya unos años por aquí y sabe manejar las llamadas. Incluso la convocatoria de una reunión urgente del Comité era algo más que probable en mi cabeza. Sin embargo entrar a las 9 en mi despacho y encontrar a Erich con gesto amable y sonriente, como un amigo cualquiera, era algo para lo que no estaba preparado.

Si algo he aprendido en este tiempo es que las peores noticias se suelen esconder detrás de las mejores sonrisas. Sobre todo de las de la gente que tiene cierto poder. Cuando ves venir los gritos, puñetazos en la mesa o caras serias sabes por dónde van a llegar los golpes y te puedes cubrir o esquivar. Tras una sonrisa relajas la guardia, bajas los brazos y el golpe te llega directo a la mandíbula. Si, me gusta el boxeo. Pienso que es una gran metáfora para buena parte de la vida.

Enrich se levantó sonriente, me apartó la mano que le tendía y me dio un gran abrazo. Me pidió disculpas por no haberlo hecho el día que nos vimos en Strausberg pero las circunstancias obligaban a mantener cierta distancia. Me sirvió una copa del bourbon que siempre tengo en una mesita auxiliar junto a la ventana, del que él ya se había servido la suya, y nos sentamos a charlar en las dos sillas que tengo frente a mi escritorio. No dejó de sonreír en ningún momento. Me preguntó cómo estaban las cosas por el cuartel, que tal Heidi, Olga, si ya habíamos tenido ese bebé que buscábamos… Le expliqué que la cosa estaba complicándose en ese sentido y por primera vez bajó la sonrisa y me intentó animar. El comportamiento de un buen amigo que hace tiempo que no ves y que tiene interés por ponerse al día.

No sé si realmente tiene tan buena memoria o es que traía mi dossier bien estudiado de casa. Así son las cosas por aquí, uno se vuelve paranoico. Una pena, porque al final acaban perdiéndose amistades o no teniendo nuevas por culpa de ese mirar siempre más allá.

Yo sabía que todo esto, aún habiendo un interés real por los años que trabajamos juntos y la amistad que nos une, no era más que el baile del boxeador alrededor de su contrincante para cansarlo y sobre todo para que me fuera relajando, para que pensara que era una visita de cortesía. Yo jugaba con ventaja esta mañana pues mi conversación de ayer con el cartero me tenía sobre aviso. Por fin llegó el golpe. Suave.

Por supuesto no me preguntó si yo me había ido de la lengua. Me preguntó si había oído algo por ahí sobre el tema del muro, que le habían llegado rumores de que se estaba empezando a hablar del tema por ahí, que era muy importante no hablar con nadie, ni con nuestras familias, del tema… Lo previsto.

Negué siempre la mayor. No había oído, no había hablado y no había visto. Nada de nada, pero si me enteraba de algo por supuesto le mantendría informado. “No entiendo como alguien se puede ir de la lengua en temas tan serios. Estaré pendiente por si alguien comenta algo”, le dije. Y debí sonarle muy convincente porque tras mirarme fijamente unos segundos, la sonrisa que se había desvanecido en los últimos minutos volvió en toda su plenitud.

Se apuró su bourbon, lo cierto es que ninguno de los dos habíamos dado apenas un par de sorbos, y se levantó. Me dio otro buen abrazo y me pidió que estuviera atento. Justo antes de abrir la puerta para marcharse se volvió y me dijo “Ten mucho cuidado, amigo”.

No me gustó demasiado ese tono. No era una amenaza, era un aviso desde la preocupación de un amigo por otro. Ahora que la recuerdo vuelvo a sentir el mismo escalofrío. Es posible que, después de todo, sí que fuera sincera la charla y especialmente su preocupación por mi.

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