La intérprete

La Traductora

Miércoles, 31 de Mayo de 1961

Todo el lío de encontrar el nuevo intérprete y ver estos días de nuevo a Heidi trabajando en casa con los papeles para traducir me ha recordado cómo nos conocimos. Muchas veces digo que soy un tipo pragmático, que no cree en intuiciones y esas zarandajas pero resulta que muchas cosas en mi vida han llegado en forma de flechazo de una u otra forma, como Heidi.

Fue la primera traductora que entró en nuestra oficina. En aquella época, allá por el 49, sí que era imprescindible tener un buen intérprete. Todo debía escribirse de y hacia los cuatro idiomas que convivían en Berlín. Ese trabajo lo hacíamos entre dos personas pero ninguno éramos intérpretes. Presenté la solicitud al ministerio para contratar uno y la aprobaron sin rechistar. No soy persona de pedir recursos por pedir y hasta la fecha pocas peticiones me han denegado.

La solicitud aprobada me llegó con una carta y un sobre adicional cerrado.

Solicitud aprobada, amigo Fritz.
Te adjunto dossier de una persona que creo puede ser perfecta para ese puesto. Es la hija de un buen amigo pero eres libre de contratar a quien consideres oportuno. Sólo valórala con independencia y justicia.

Albert Steinberg

El amigo Albert. Pese a que nuestras funciones pueden ser antagónicas  siempre nos ha unido una especie de amistad basada siempre en el respeto de cada uno por el otro. Mi misión es pedir recursos para mi destacamento y mis agentes. La suya es dosificar los limitados fondos de los que dispone para contentarnos a todos. A diferencia de otros compañeros entiendo perfectamente las limitaciones de Albert y no pido por pedir. Siempre reflexiono mucho si algo es necesario o podemos pasar sin eso. Si algo me lo deniega nunca lo considero un ataque personal. Sé que no todo es posible en los tiempos que corren y él, al igual que yo, intenta ser lo más justo posible. Albert no es tampoco persona de colocar a amigos simplemente por ser amigos así que si se tomaba la molestia de enviarlo debía ser un buen fichaje. Leí con atención el dossier.

Heidi Krause. 22 años. Nacida en Frankfurt pero se estableció con su familia pronto en Berlín. Su currículum, de ser cierto, era impresionante. Había estudiado Inglés en Oxford, francés en Nantes y Español en Barcelona, además de contar con conocimientos de italiano. Y tenía sólo 22 años. Si que le había cundido el tiempo. Su familia debió hacer dinero durante alguna de las guerras, no me cabía duda. Parecía la persona indicada para el puesto así y viniendo recomendada por Albert ni dudé en hacerle la prueba.

Al día siguiente la entrevisté para el puesto. Fue verla y quedar prendado de su belleza. No es normal encontrar alguien así en estos tiempos. Elegante, bien vestida sin resultar ostentosa, educación y trato exquisito. Una sonrisa perfectamente cuidada que repartía generosamente, nos ojos que brillaban ilusionadas ante la posibilidad de encontrar trabajo. Pasamos en la conversación del Alemán al Francés con naturalidad. Este idioma si lo controlo bastante y podía mantener una conversación sin problema. Ella también y por supuesto me superaba con creces. Para el inglés llamé a uno de mis sub-oficiales. Me dio también rápidamente su aprobación.

Lo habitual hubiera sido hacer una prueba escrita pero me fié de esa intuición en la que digo que no creo. La invité a incorporarse al día siguiente a trabajar y aceptó de buena gana. Estaba deseando trabajar precisamente en algo así. Eso me dijo. Con el tiempo descubrí que no fue del todo sincera. Quería trabajar de traductora en alguna editorial para así poder leer los libros antes incluso de que fueran libros editados, pero el trabajo le pareció correcto y sobre todo, me confesó años después, le había gustado la idea de que yo fuera su superior. Al parecer esa atracción que sentí por ella en el primer momento había sido mutua.

Me dijo haber visto en mi algo que la tranquilizaba. Supo desde los primeros instantes que era una persona justa y quería trabajar con alguien así. Sabía que llegaba con una buena recomendación y un gran currículum. Otros ni siquiera la hubieran entrevistado, directamente le hubieran dado el puesto. Pasar la prueba le gustó, sintió que se ganaba el puesto por algo más que una recomendación de un amigo de su padre.

Así empezó todo. En el trabajo. Como compañeros, aunque yo estuviera en un rango superior al suyo. Y aquí seguimos 12 años después. Al final no me va a quedar otra que creer en mi intuición.

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Comments
  • Alicia Young dice:

    Siempre he creído en la intuición aunque no siempre me ha funcionado bien, pero hay que reconocer que es como más tranquilo se vive, dejando hacer a lo que te dicta tu yo interior!!
    Muy bueno Dani, y bonito!!
    Un besazo enorme, sigue así!!

    • Dagarin dice:

      Al final por mucho que Fritz diga que no, todos nos dejamos guiar por la intuición en mayor o menor medida. El corazón manda, por mucho que el cerebro razone.

      Gracias, Ali!! Besazo y gracias por pasar y comentar!!

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