El sexo con Olga

Sexo con Olga

Jueves, 6 de Julio de 1961

Necesitaba ver a Olga hoy. Hacía ya muchas semanas que no pasaba por su casa pero hoy la necesitaba. Verla y hablar con ella. Hoy no era sólo la necesidad física de estar con ella piel con piel, boca con boca, sexo con sexo. Hoy era más necesidad de compartir con ella mis pensamientos porque sólo con ella siento que puedo hablar ahora de lo que realmente me preocupa.

Esa ha sido mi intención cuando he salido esta tarde del despacho a comer en la calle y he informado que no volvía. Sólo comer con ella y hablar. Del mapa, del comité, del muro, del joyero, de Olga y Heidi, de Olga y de mi. Sólo hablar. Pero sabía que no sería así y acabaríamos en la cama, como así ha sido.

Llego siempre sin avisar. A veces pienso que debería llamarla y preguntar si está en casa, si está libre, si va a salir, si ha quedado con alguien, si está con alguien… sin embargo siempre lo hago igual. Voy directo para allá con la confianza de que si alguien me ve llegar no es más que un cuñado visitando a su cuñada. A veces he pensado que algún día podría encontrarme a Heidi. Sería terrible. No sería difícil disimular pero intuyo que Heidi lo notaría. Me conoce. De hecho no sé si algo sospechará. Soy un libro abierto para ella y es de las pocas cosas que no me gusta de nuestra relación. Soy terriblemente celoso de mi intimidad y que alguien me tenga tan calado me preocupa. Es bueno a veces porque no es necesario ni hablar muchos temas, pero hay cosas que preferiría que quedasen en mi interior y con Heidi es imposible.

Cuando he llegado Olga estaba terminando de comer. Un plato casi finiquitado en la mesa y ella con esa bata ligera que tanto me gusta. Sin ropa interior como suele estar cuando está sola. No es provocación, es pura comodidad, pero tanta piel a través de esa bata abrochada ligeramente me resulta una visión irresistible. El cuerpo de Olga, grande y fuerte, es muy excitante para mi. Como en todo resulta tan diferente al de Heidi. Su pecho grande y firme, sus brazos fuertes, su cuello, sus caderas prominentes, sus muslos prietos que con tanta fuerza me atrapan tantas veces, sus piernas largas… Todo se ve o se intuye con esa bata. Espero que le dure toda la vida y que siempre me reciba con ella.

Una vez cerrada la puerta me ha invitado a comer con ella y se disponía a servirme un plato cuando me he acercado por detrás y he sujetado sus brazos con mis manos, pegándolos a su cuerpo mientras he comenzado a besar, morder, empujar… no la he dejado darse la vuelta cuando lo ha intentado. Ni siquiera he dejado que se quitara la bata. Sabía que no había nada debajo. Ahí mismo en la cocina, junto al fregadero, ha sido mía.

El sexo con Olga es así. El sexo con Olga no necesita preámbulos. El sexo con Olga es visceral, es pura sexualidad, nada de sensualidad. Y así lo disfrutamos los dos. El sexo con Olga son gemidos y gritos. Es pasión. Es dolor, es no contenerse, es animal, bestial. Unos minutos con ella son extenuantes. Siempre acabamos empapados en sudor aún en pleno invierno. El calor que desprenden nuestros cuerpos, desde la cabeza a los pies, es la mejor calefacción.

Hoy se ha dejado dominar, otras veces es ella la que manda. Hoy se ha inclinado sobre la encimera y ha permitido que mi sexo entrara en ella con firmeza. Ha gritado de puro placer, he gritado de pura excitación. Creo que algo se ha roto en la cocina con alguno de mis envites pero no sé que ha sido, sólo escuchaba sus gemidos y sentía su sexo caliente en el que empujaba una y otra vez. Así es el sexo con Olga, todo lo demás no existe. Solo ella y nuestra conexión. Mis manos ya libres de sus brazos que usaba para apoyarse en la cocina, agarraban sus caderas intentando marcar el ritmo. Era inútil, ella se había puesto al mando sin que me diera ni cuenta. Ella se movía, ella se acercaba y alejaba, ella subía y bajaba. La bata sobre su espalda y en el lateral me dejaban ver como su cuerpo se movía, como su piel comenzaba a brillar a consecuencia del sudor. Hipnótico movimiento de esas caderas contra mí cuerpo, buscando que mi sexo en ella hiciera todo el contacto posible, sintiéndola, sintiéndolo.

Como siempre, ha sido rápido y glorioso. Durante esos minutos nada en el mundo ha existido. Solo esa conexión, esa penetración, ese calor, esas caricias con su sexo en el mío. No sé como es capaz de tener ese control. Es como si me besara con su vagina. El sexo con Olga es así.

Por supuesto no he comido. Nos hemos ido a la cama tras llegar al éxtasis los dos. Siempre lo consigue. Siempre lo conseguimos. Nos hemos tumbado ahora si desnudos. Mientras ella fumaba yo la contemplaba y la acariciaba. Tenemos muchas más caricias post-sexo que pre-sexo. Nos gusta estar juntos en la cama. Mirarnos, acariciarnos. Disfruto recorriendo cada centímetro de su piel con mis manos, observando con detalle cada peca, cada poro, cada detalle de su piel. Me sorprende verla mirándome con tanto interés como yo a ella. Mi cuerpo no es ni la mitad de bello ni observable que el suyo, pero adivino en su mirada algo parecido a lo que yo siento al mirarla y, pese a mi pudor, me dejo. Ella a veces se tapa pudorosa. No acaba de sentirse cómoda cuando la observo pero yo la destapo con suavidad, beso ese trozo de piel que ocultaba y ella sonríe y me deja por imposible.

“¿Que te pasa?” Me ha preguntado. “Ahora nada. Quiero seguir así”.

Había ido con intención de contarle tantas cosas, de que ella me ayudara a cargar con todo el peso que se está acumulando en mi conciencia. Ella, que sacó el tema sin pudor. Ella, que es así de directa para todo. Ahora no quería. Ahora sólo quería estar ahí con ella. Sin pensar más que en sus pecas, en el sexo con ella. Ya nada parecía importante, sólo el sexo con Olga tenía cabida en mi mente.

Ahora escribo, recuerdo, vuelvo a pensar, me vuelvo a excitar recordándola y, desgraciadamente, mis pesares vuelven. Siento pudor al pensar lo que acabo de escribir. Siento culpa por Heidi. El sexo con Heidi es maravilloso. Es puro placer, calma, sentimientos… tan diferente pero no por ello peor. No me gusta escribir estas cosas aquí, pero al fin y al cabo para esto escribo, para dejarme llevar y ser libre, como esta tarde con Olga. Hemos quedado mañana para comer en un restaurante cerca a mi trabajo e iremos juntos a recoger a Heidi. Sé que si vuelvo a ir a su casa volveremos a hacer el amor. No me convencen esas palabras modernas para definir ese acto. Aunque a veces cuando se le ha escapado en pleno acto un “fóllame fuerte” confieso que me ha excitado aún más.

Mañana comeremos y hablaremos. Esta noche intentaré que esos momentos de placer me ayuden a dormir no dejando que me invadan otros pensamientos.

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