El diario

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Jueves, 18 de Mayo de 1961 – Mañana

A veces traigo este diario conmigo cuando sé que voy a estar un rato ocioso. Este rato en el coche mientras me llevan de Berlín a Strausberg sabía que necesitaría escribir. A veces Heidi me pregunta qué escribo. Siempre le respondo con un evasivo “cosas del trabajo”. Sé que mencionar “trabajo” es la mejor manera de mantenerla alejada de este cuaderno y de todo aquello que no deba saber, su discreción es total. Sabe que mi trabajo exige que no comparta con ella muchas cosas.

Y no es que este pequeño ejercicio de introspección que hago a menudo guarde secretos de mi que ella no deba conocer. Son en cierto modo cuestiones de trabajo. A veces, como estos días, escribo cosas que no debe saber nadie, ni ella. Por su seguridad. No es paranoia, o quizás sí, pero en estos días tan extraños los que ocupamos cargos de cierta responsabilidad debemos ser muy cautos. Y más con nuestros seres queridos.

Adoro a Heidi. Es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Y me siento amado por ella. Si llegara a conocer ciertas cosas que aquí escribo la haría sufrir y sería peligroso para ella y no puedo permitir que eso suceda. Hay ciertas cosas que no podemos hablar con nadie pero esa extraña necesidad que tenemos las personas de compartir secretos me supera. Hace ya tiempo que decidí escribir estos cuadernos y contarles mis secretos. Escribir aquí mis pensamientos como forma de tranquilizarlos y analizarlos. Solo escribirlos me hace mucho bien. Ni tan siquiera necesito releerlos.

Este cuaderno, al igual que los anteriores, tiene sus días contados. En el momento que escriba la última página y empiece uno nuevo, acabará en la chimenea. Los secretos que compartiré con él, o quizás debería decir contigo ya que sólo estamos tú y yo, no deben salir nunca de aquí.

Cumplirás tu misión de darme paz y ayudarme a reflexionar, querido confesor, pero tu tiempo será breve. Gracias, fiel amigo, por escucharme en silencio, sin juzgar ni opinar, y ayudarme tanto. Como ahora, obligando a calmarse a un corazón que se empeña en latir descompasado. En estos tiempos un amigo así no tiene precio. Silencioso, con el que hablar de todo, que no revelará secretos, que ayude a aclarar ideas. Ni tan siguiera vuelvo la vista atrás una vez termino de escribir, pero el efecto terapéutico de estos ratos a solas permanece.

Ya veo la ciudad al fondo. Está cubierta de bruma, nada extraño en estas fechas pero no deja de ser metafórico. Apenas puedo intuir la ciudad, como apenas puedo intuir lo que sucederá en la reunión de hoy. Será mejor que guarde esto ya a buen recaudo. No quiero ni imaginar lo que ocurría si supieran que existe este cuaderno.

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