Piedra sobre piedra

Jueves,  17 de Agosto de 1961

Las alambradas empiezan a dejar paso a un verdadero muro. Acaban de empezar hoy a construirlo en diferentes zonas de la ciudad. Curiosamente ha resultado una buena forma de darle un bajón al paro en nuestra Alemania. No sé la cifra exacta, cada vez me mantienen o me mantengo más al margen de todo lo relacionado con El Muro, pero no hay más que dar una vuelta por la ciudad para comprobar que hay varios cientos de personas trabajando en su construcción. Ya no hablamos de unas alambradas, hablamos de un muro de casi cuatro metros de altura piedra sobre piedra.

Los soldados siguen vigilando todo el perímetro de la alambrada y especialmente las zonas donde los obreros están construyendo el muro. No sé exactamente qué es lo que vigilan. Cuando he pasado por una de esas zonas esta mañana he visto hombres de todas las edades construyendo. Algunos de cierta edad controlando y el resto hombres generalmente más jóvenes cuyo único requisito habrá sido, supongo, que puedan trabajar. No se les ve especialmente alegres y eso me hace pensar que quizás en parte los soldados están para vigilar que estos obreros no crucen al otro lado al estilo del ya famoso Conrad Schumann. Ya ha salido incluso en la televisión. Por supuesto la occidental. Por desgracia para nuestros dirigentes las ondas de televisión son imposibles de cortar y nos llega la señal de la RFA aunque está prohibido sintonizarla. Como no entren casa por casa va a ser complicado impedirlo y más en estos días donde estamos todos ávidos de información. Hasta yo enciendo a veces el televisor, aunque seguramente en mi caso se deba a querer llenar ese frío silencio que se ha instalado entre Heidi y yo.

Por otro lado veo a los soldados también inquietos. Se miran unos a otros. Dudo que haya alguno que no conozca la historia de Conrad. De hecho se dice que no ha sido el único caso. Yo sé que efectivamente ha habido más de un Conrad, por decirlo de alguna manera, pero esos nombres desaparecen de los registros. No existen para nadie, pero las noticias corren como la pólvora. Los soldados en las inmediaciones de las obras de El Muro se vigilan entre ellos pensando si habrá alguno que salte. O quizás pensando en saltar algunos de ellos antes de que la alambrada deje paso al muro. Sería el momento justo ahora que ni siquiera hay barreras para hacer sitio al muro. Basta con correr. Hay órdenes de disparar pero dudo que ninguno lo haga. ¿Quién quiere ser el primero en abatir a un compañero? Además si el cuerpo queda al otro lado no habrá servido de nada. No podrían cruzar a por él y acabaría muerto o victorioso en el Berlín Occidental. La situación está demasiado tensa.

También puede que haya más vigilancia para evitar las fugas civiles. Se producen por decenas cada día. Gente que corre, en solitario o en grupo, y salta las alambradas antes de que puedan detenerles. Allá donde no hay ni siquiera esa barrera, desmontada a la espera de construir la pared de piedra, es aún más posible que se produzcan. Sin embargo lo dudo, hay demasiados soldados. La gente de nuestro Berlín que se acerca a mirar acaba marchándose. He visto caras de decepción en algunos. Pretendían pasar pero se antoja imposible por ahí. También he visto caras de tristeza. Hombres y mujeres que miran como empiezan a poner ladrillo tras ladrillo para construir el muro y llora. Se me ha pasado por la cabeza preguntarles que les sucede, por qué lloran, pero creo saberlo, no creo tener ninguna necesidad de saber que pasa por sus cabezas. En cierta manera es lo que también pasa por la mía.

Todos sabemos que nos acaban de encerrar. Que con el pretexto de la defensa nos están construyendo los muros de una cárcel. Esos casi 4 metros de altura de ladrillo rematados en alambre de espino y bien vigilado no es ningún muro de defensa sino la pared de una prisión de la que no podremos salir en años. Una cárcel que aún no tiene establecido un régimen de visitas para que puedan venir a vernos nuestros seres queridos ni un sistema de permisos penitenciarios para que podamos salir a verles.

Miro al otro lado. Pienso en Olga. ¿Donde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Estará intentando cruzar de alguna forma a nuestro lado? Todo lo que se oye son personas que quieren huir de oriente a occidente pero yo creo que ella estará intentando venir a ver a su hermana. O quizás no, quizás confía en que podamos hacer algo para salir o que algún día iremos a buscarla. ¿Confiar en mi? Lo dudo. Ni tan siquiera yo confío remotamente en mi. Ahora mismo me siento un pelele. No es que sólo que Heidi me odie, es que yo me odio.

He sido un iluso, no he sabido ver venir nada, no he cuidado de nuestra familia, de la persona a la que más quiero en el mundo, no he demostrado coraje cuando debí tenerlo, el sábado por la noche. Debí salir con mi coche mientras los soldados se desplegaban por la ciudad y traer a Olga. ¿Como no entender que Heidi no sea capaz de mirarme a la cara cuando yo mismo no soy capaz de mirarme al espejo?.

Estoy bloqueado. Los días pasan, pienso en nuestra situación y no sé como salir de ella. Desde la reunión del lunes con Erich apenas trabajo. Paseo por la oficina pero no tengo mucho que hacer, el control de casi todo está en manos del ejército y, pese a las circunstancias, los ciudadanos se están portando con bastante calma, no hacemos demasiada falta. Paseo por la ciudad y veo como está todo pero realmente no soy productivo, simplemente veo lo que pasa como un espectador más.

Heidi y yo por supuesto no existimos como pareja. Le cuento alguna cosa que he visto pero ella ni me mira. Se mete en su libro y cuando no puede más se acuesta o duerme en el sofá. No sé que hace, como está en el trabajo, como se siente… De hecho me parece que ni siquiera lee. Sólo pone el libro ante sus ojos como excusa para que no le hable.

No sé cuanto tiempo puede durar esta situación ni como salir de ella. La tele es casi lo único que se escucha en la casa. Necesito que me odie a la cara, que se desahogue, que me cuente esos sentimientos que ya sé pero necesito escuchar de su boca. Creo que sobre todo le vendrá bien a ella exteriorizarlo. Lo necesita. Lo necesito.

Se acerca otro fin de semana. Mañana la reunión sé que será corta. Después del trabajo iré a recogerla como casi todos los viernes cuando nuestra vida era normal. Intentaré que salgamos a cenar a alguna parte. La ciudad sigue viva y debemos recuperar el ritmo. Ojalá quiera. He de intentarlo.

Me voy al sofá. Definitivamente no puedo ni pensar en meterme en esa cama helada. Ojalá esto pase pronto.

Post Categories: Sin categoría

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *